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¿Cómo se hace un libro?

Xiluén vio las máquinas en acción. Las hojas salían im-presas unas tras otras. Además, ya venían compaginadas, es decir, ordenadas tal como iban en el libro. —En el sistema offset imprimimos cada pliego por se-parado y luego los compaginamos, es decir, los ordena- mos según van en el libro; en cambio, con el sistema digital eso ya no es necesario. Xiluén vio entonces en la computadora de Balta, el im-presor, los archivos que le había enviado Víctor desde su computadora. Balta los revisaba, los pasaba a otro progra-ma para hacer la “imposición”, es decir, uno que ordenaba las páginas del libro para su impresión en una hoja, y los mandaba a la impresora. Según el tamaño del libro —le explicaron—, cabían dos, cuatro u ocho páginas en cada hoja tamaño tabloide o doble carta. 31 21 La señora los dejó solos porque en ese momento algo se le quemaba en la cocina. —Hola, soy Paco. Vivo lejos y vengo por mi gata. —¿Tu gata? Ya parece… es mía. Mira, tiene mi collar. —Te digo que es mía, vive conmigo desde hace meses, la llamo como tú, Susú. —Pues es una vaga, a mí se me escapa a cada rato. La vio meterse en una ventana y también vio a esa hermosa niña que la tomó en sus brazos y con palabras cariñosas, la llevó hacia adentro. No le quedó más remedio que tocar. Le abrió una señora gorda que se parecía mucho a una tía. No sabía qué decirle y la señora se desesperaba. —¿Qué deseas, niño? —Una, una gata, señora, se llama Susú. —No, niño, la que se llama Susú es mi hija. Le voy a hablar, a lo mejor es tu compañerita de escuela. La niña Susú bajó a los gritos de la señora y traía en sus brazos a la gata que se remolo-neaba. 28 mucho”, porque siempre llevaba minifalda, se le ocurrió hacer equipos para la exposición de temas. La Conchis, que andaba de pleito con las chavas del grupo, se quedó sin equipo porque nadie la escogió. Cuando yo llegué del Pascal, esa que decíamos que “enseñaba sonreír. Parece lo mismo, pero en todo caso es un sentimiento confuso. Y es que todo pudo ser de otra manera, pero fue así. Todas las posibles variantes no son más que juegos de la mente, por eso he de contarlo tal como fue, al menos para mí. El jueves que quiero recordar a la maes-tra no sé si sonreírme con tristeza o tristemente Si recuerdo aquel jueves de mediados de mayo, cuando estaba en el primer año de la secunda-ria, La tarea ESTE BAN DOMÍNGUEZ IBARR A 25 de mano en mano y de disputa en disputa. basura, un carro viejo, el lavadero, una hornilla, la cocina, la sala, su recámara, su recámara. La Nony, más crecidita que nosotros, nos hizo olvidar los raspones en las rodillas y las palometas y las perseguidas hasta la muerte con las canicas y el changay. La Nony abría la ventana, pero la toalla seguía donde mismo. El Memo una vez consiguió unos miralejos y pasa-ron el tendedero de la ropa, los tambos de un deseo. Y la Nony, por fin, corría la cortina y otra vez el desfile solitario y la Nony peregrina se envolvía en una toalla con estampados de animales e iniciaba su caminar descalza y sor-teaba manceba que acortaba una distancia y nos dijo nada, ni el baldío que colindaba con su casa nos dijo nada. Puntuales, tarde tras tarde, ahí estábamos el Memo, el Milo y la leve-dad El poste de luz sobre nuestra cabeza nunca ahí íbamos. La Nony se guarecía en el baño de cartón. Nosotros le cubríamos su admirable retaguar-dia. ahí íbamos; en los sueños, ¡qué sueños!, en un caminar al que nunca nos invitó, pero ahí íbamos; por la calle, ahí íbamos; frente al telé-fono, 24 hechas a la perfección, moldeadas, firmes un ardor de vientre adolescente, en un temblor de manos y vaivenes y puestos los ojos fijos en dirección al patio. Éramos impacientes y no nos resignábamos a que se quisiera primero ella, que se fuera desvistiendo para sí, que se tocara entera, que se quisiera entre suspiros, que volviera a verse tan crecida, tan ya mujer, y que con esa cadencia bajara por sus enancas ese chor color marfil untado, aferrado, como no lo hacíamos nosotros, a dos piernas grue-sas, describiéndola en adelantada urgencia, en desde hacía más de cuatro meses, desde hacía más de mil resuellos. El sol nunca la disfrutó porque se iba cuando nosotros llegábamos en fila, haciendo apues-tas, partes que, obstinados, perseguíamos del altísimo para que la Nony nos concediera la gracia de verla tan siquiera una sola vez, una sola, así entera, blanca, oliendo a jabón Dove y presentando en sociedad sus bien acomo-dadas le apostábamos al viento y a un milagro La Nony emergía como diosa desde su baño de cartón, allá en el fondo del patio de doña Leonor, y acá, nosotros, tras un arbusto de taba-chín, Llega a casa muy ilusionado, michi, michi, y nada. Susú no aparece por ningún lado, la ven-tana está abierta y no hay señales de la gata. Ya volverá, se consuela. Pero pasa toda la tarde y viene la noche con sus ojos de sueño y nada, la gata ha desapare-cido 20 como llegó… Susú no lo puede creer, cuando ya había olvi-dado por completo a su amiga, ahí está ronro-neando como siempre. Susú salta de la cama y le abre la ventana. Luego de unos cuantos reclamos, la vuelve a admitir en su cuarto y en su corazón. Ese día la alegría volvió a brillar en el rostro de la pequeña… Un día Paco la fue siguiendo, de casa en casa. Vio cómo trepaba por una barda, caía en el te- jado del vecino, luego saltaba y, sin que se die- ra cuenta, fue tras sus pasos. Claro que él iba caminando, a veces corriendo y con los binoculares de su papá; no le perdía la huella. Así llegó hasta un barrio bien alejado de donde vivía. auditorio, me di cuenta que mis “camaradas” ni siquiera se acordaron de mí, así que tam-poco 29 tenía equipo. —Formen un equipo —nos dijo la profe. Por ahí gritó el Cholé: —El Nerd y la Burra —con lo cual se ganó un coscorrón de la Conchis y un reporte de la maestra. A mí se me hizo bien porque sabía investigar y también exponer, lo que me agradaba poco era tener que hacerlo todo y que la Conchis recibiera una buena calificación, porque esa chava no era buena para el estudio, sólo pen-saba en bailes y en chavos, pero de estudiar… nada. Ella también dijo que estaba bueno y quedamos de vernos durante las tardes, una vez en su casa y otra en la mía hasta tener listo el trabajo. A nosotros nos tocaba has- ta el último, o sea, el siguiente jueves. La ca-rrilla nunca aminoró. Pero así eran los chavos del 1º A. El primer día para estudiar, no llegó, la estuve esperando hasta las siete. Como a eso de las ocho me habló para decirme que la habían mandado al súper, que nos veríamos al día mera cita. Aunque tal vez en ese entonces no pensaba regresar. Al otro día le reclamé a la Conchis y me dijo que se le hizo tarde en la casa de Sandra, donde fue a hacer otra tarea, pero que iría a mi casa esa tarde. —Bueno —le dije, aunque yo deseaba que fuera en su casa. Me sentí bastante desalentado, anduve muy triste y casi no hice ronda con mis camaradas que me parecieron unos “bukis” tanto en sus pláticas como en sus acciones. “Qué ‘plebes’ son”, me decía. Llegó la tarde y con ella la Conchis. Sacamos algunos resúmenes pero lo hicimos sin ganas. Ella estuvo distraída jugan-do con mi perra Jamaica y yo enredado en el día anterior, a esa misma hora cuando espe-ré en vano a la Conchis. —Bueno, mañana en mi casa, ¿eh? Si llego tarde, tú empieza el trabajo, yo llego. Se llamaba Laura, yo la recordaba bien con sus minifaldas cuando iba a recoger la boleta de la Conchis, todo mundo volteaba para verla pa- sar. Cuando me abrió la puerta al día siguiente, 32 Todos los días es lo mismo, le hablan a su mamá desde el colegio y, cuando regresa a casa, ya sabe que habrá un nuevo castigo. Y todo por esa maestra que le tocó este año. La señorita Palacios es una mujer muy ma- yor, como de la edad de su abuela y para nada los comprende. Se enfurece cuando escucha las risas y el alboroto de los niños, pero sólo castiga a Paco porque ya tiene la fama de ague-rrido. En la casa hay también castigos. ¿No te vas a comer la sopa?, castigado. Tiraste basura al piso, castigado. Interviniste en plática de los mayores, castigado. No ayudaste a la abuela a bajar la escalera, castigado. Arruinaste la sala, los pisos, las cortinas, dejaste abierta la ven-tana y se metieron los ladrones, se incendió la alfombra, todas las caras voltean hacia Paco y detrás viene el castigo. Ni pensar en tener una mascota. Por eso, cuando aparece esa gata enorme en el alféizar de la ventana, una tarde, hace muchos ruidos y hasta le avienta papeles hechos bola para que se aleje, pero ella parece de piedra, no se mueve para nada. Ahí se queda inmó- 17


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